Como figura literaria, Virginia Woolf significó en sus novelas, ensayos y su intimidad, la disrupción a los fantasmas de la moral victoriana.

La vida personal de la escritora londinense, Virginia Woolf, influyó en las directrices de sus obras, tanto en el ensayo como en la novela, tanto como su notoria inconformidad con los remanentes de la rígida moral de la etapa victoriana y el menosprecio del rol femenino en la cotidianidad e incluso el abordaje médico y social a la locura.

En su niñez, la posesividad de su padre, Leslie Stephen y su profesión como historiador, llevó a Virginia a asociar al género de la biografía con un menosprecio a las funciones de la mujer en la sociedad europea, para ensalzar los logros de “los grandes hombres”.

“Es obvio el que los valores de las mujeres difieren con frecuencia de los valores creados por el otro sexo y sin embargo son los valores masculinos los que predominan”

Un aspecto recurrente a la hora de rememorar a Woolf, es su inestable salud mental, a decir de sus biógrafos, aderezada por los abusos de sus medios hermanos y la muerte de sus dos padres, cuando ella y su hermana Vanessa aun no sobrepasaban los 25 años.

Cabe resaltar que, aunque la autora no tuvo la oportunidad de desarrollar sus estudios hasta la Universidad, se desempeñó como crítica literaria y la cercanía con su hermana Vanessa, pintora y esposa de Clive Bell, le llevó a pertenecer al “Círculo de Bloomsbury“, por el que también pasaron los filósofos Bertrand Russell, Ludwig Wittgenstein y el artista plástico Roger Fry, con quien Woolf llevó tan buena relación, que fue el único personaje por quien intentó hacer las paces con el género biográfico, aunque esto desencadenaría el último de sus accesos de depresión.

Retrato de Roger Fry a Virginia Woolf
 Virginia Woolf, Retrato de Roger Fry 

Virginia Woolf cuestionó los roles femeninos y masculinos en la sociedad londinense

El círculo de Bloomsbury se caracterizó por la crítica a los fantasmas y remanencias de lo “moralmente aceptable” de la época victoriana y aspectos hoy día en voga como la exclusividad sexual de la pareja, manifestando además escepticismo ante temas teológicos. Allí, Virginia conoció a su esposo; Leonard Woolf, un “judío sin un céntimo”, como lo llamaba ella, economista de quien se manifestó profundamente enamorada en reiteradas ocasiones.

Los Woolf fundaron la editorial  Hogarth Press en 1917, para publicar gran parte de la obra de ambos.

En 1925, Virginia publica una de sus obras más conocidas “La señora Dolloway”, en el que narra el transcurso de un día común para Clarissa, personaje central que encarna a la represión sexual y el rol de “Angel de la Casa”.
A la par del día de la señora Dolloway, también se manifiestan los pensamientos de Septimus, un héroe de guerra traumatizado, quien decanta la crítica de la autora al discurso médico sobre la locura y cuyo suicidio final, Virginia intentó traspasar a la vida real.
Con su esposo, Virginia siguió fiel a los postulados del grupo donde se habían conocido, explorando otros aspectos de su vida íntima, como su relación con la escritora Vita Sackville-West. Esta relación duró gran parte de la década de 1920.

Woolf y Vita Sackville-West
Woolf y Vita Sackville-West

Otra de las obras célebres de Virginia es “Una habitación propia” publicada en 1929 y que ensaya la restricción de la mujer a las labores a las actividades intelectuales o culturales, o en su caso el cuestionamiento a su calidad.
El nombre refiere, además, a la imposibilidad de que una mujer poseyera una habitación propia, a menos de que perteneciera a una familia de excepcionales cargos nobiliarios o su equivalente riqueza.

“Una mujer debe tener dinero y una habitación propia para poder escribir novelas”. Señala Woolf en su ensayo.

En su última etapa creativa, Woolf realizó la biografía de su amigo Roger Fry, obra que fue muy mal acogida, lo que junto al estallido de la Segunda Guerra Mundial y la destrucción de su casa de Londres durante el Blitz, terminó por disparar una de sus crisis, del padecimiento que la acompañó toda la vida, hoy conocido como trastorno bipolar.

El 28 de marzo de 1941, Woolf llenó de piedras uno de sus abrigos y se lanzó al río Ouse, cerca de su casa, dejando una nota póstuma para su esposo:

Otra característica de las obras de Woolf fue la recurrencia a figuras poéticas en sus novelas y ensayos, por lo que hoy día sus frases son recurrentes en las proclamas del feminismo.

“La vida es un sueño, el despertar es lo que nos mata”


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